Desde el Presbítero Maestro al Panteón Nacional de los Próceres de losHÉROES Miguel Arturo Seminario Ojeda EL REPOSO DE LOS HÉROES DESDE EL PRESBÍTERO MAESTRO AL PANTEÓN NACIONAL DE LOS PRÓCERES Miguel Arturo Seminario Ojeda COLECCIÓN BICENTENARIO 272 págs. Presbítero Maestro / Panteón Nacional de los Próceres / Los peruanos de la independencia en el Presbítero Maestro / Los restos mortales / Los bustos representativos / Las placas de reconocimiento © Miguel Arturo Seminario Ojeda, 2019 © Jurado Nacional de Elecciones, 2019 Dirección editorial: Helbert López Calderón Cuidado de edición y corrección de textos: María Lisette Sanabria Salazar Concepto gráfico, diseño y diagramación: María José Baquerizo Barrios Fotografía: Walter Hupiu Tapia Editado por: Fondo Editorial del Jurado Nacional de Elecciones Jr. Nazca 598, Lima 11 Teléfono: (511) 311-1700 www.jne.gob.pe Primera edición, julio 2019 Tiraje: 500 ejemplares Reservados todos los derechos. Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio, sin la autorización escrita de los titulares del copyright. Impreso por: Tarea Asociación Gráfica Educativa Pasaje María Auxiliadora 156, Breña Tel.: (511) 424-8104 tareagrafica@tareagrafica.com Julio, 2019 ISBN: 978-612-4453-02-1 Hecho el Depósito Legal en la Biblioteca Nacional del Perú N.° 2019-09633 MIEMBROS DEL PLENO Víctor Ticona Postigo Presidente del JNE Luis Carlos Arce Córdova Raúl Roosevelt Chanamé Orbe Ezequiel Baudelio Chávarry Correa Jorge Armando Rodríguez Vélez __________________________________ Flor de María Edith Concha Moscoso Secretaria General Víctor Luis Gutiérrez Gutiérrez Director Central de Gestión Institucional (e) Juan Enrique Pestana Uribe Jefe del Gabinete de Asesores de la Presidencia Í N D I C E PRESENTACIÓN........................................................................11 Víctor Ticona Postigo PRÓLOGO..................................................................................15 Miriam Salas Olivari INTRODUCCIÓN.......................................................................19 Miguel Arturo Seminario Ojeda PARTE I: El Presbítero Maestro...............................................51 Los peruanos de la independencia en el Presbítero Maestro...................................................53 PARTE II: El Panteón Nacional de los Próceres.......................73 Los restos mortales...................................................74 Los bustos representativos.....................................134 Las placas de reconocimiento................................230 A MANERA DE CONCLUSIÓN.................................................261 BIBLIOGRAFÍA.........................................................................265 EL REPOSO DE LOS HÉROES 11 PRESENTAC IÓN El Jurado Nacional de Elecciones como organismo constitucional autónomo encargado de garantizar la legalidad de los procesos electorales, el respeto y el cumplimiento de la voluntad popular busca promover y fortalecer la cultura política democrática y la gobernabilidad del país a través de sus publicaciones y producción bibliográfica; es así que la obra El reposo de los héroes. Desde el Presbí- tero Maestro al Panteón Nacional de los Próceres presenta una temática asociada al Bicentenario de la Independencia Nacional, y contribuye, desde una visión histó- rica, al fortalecimiento de la cultura ciudadana en el Perú, precisamente, a puertas del bicentenario. El contexto histórico en el que se gestó la independencia de nuestro país implicó la participación de numerosos ciudadanos, muchos de los cuales falle- cieron cuando no se había generalizado la costumbre de enterrar en los cemen- terios, asimismo, algunos murieron en lugares donde no los había; pero una gran parte está sepultada en el antiguo Cementerio General, hoy Cementerio Presbí- tero Maestro, del cual se han seleccionado los nombres de aquellas personas invo- lucradas con la gesta de la independencia, que contiene información valiosa para la historia nacional, así como de las biografías de los hombres y las mujeres que están sepultados o representados en el Panteón Nacional de los Próceres. La gesta de la independencia, como puede leerse en una de las placas del interior del Panteón Nacional de los Próceres, está llena de actos de resistencia contra la dominación española, de un rechazo hacia el dominio hispano desde JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 12 EL REPOSO DE LOS HÉROES 13 1532, como lo destaca el presidente del Centro de Estudios Histórico-Militares del Perú (CEHMP), general Herrmann Hamann Carrillo, es decir, que el pueblo peruano no aceptó nunca ser dominado por una potencia extranjera y, en los casi 300 años de dominio hispano, siempre mantuvo en alerta a las autoridades virreinales, hasta que se proclamó la independencia y se protagonizaron las batallas de Junín y Ayacucho; es así que se pueden apreciar los nombres de mujeres destacadas como patricias, por el general San Martín, debido a su identificación con la causa libertaria; y otras, señaladas por la historia como las mártires de la Caravana de la Muerte, mujeres que partieron hacia el destierro, por ser fieles tupacamaristas. Cabe mencionar que no fueron pocos los extranjeros de América y de otras partes del mundo los que intervinieron en la campaña por la libertad; unos regre- saron a sus países de origen y otros se quedaron a vivir en el Perú, por eso, algunas de sus representaciones simbólicas se encuentran en el Panteón Nacional de los Próceres, al lado de peruanos que, desde el firmamento en que se encuentran, sirven de guía a todas las generaciones que, en la celebración del bicentenario, honrarán sus memorias, pues su gesta así lo demanda. Por medio de la lectura de estas páginas, con toda seguridad, quienes consulten el libro, además de encontrar datos eruditos sobre los protagonistas de la independencia, podrán hacer un viaje imaginario por ese universo de la eman- cipación, con ayuda de las imágenes que ilustran los contenidos y que le dan al libro una proyección especial que los conducirá hasta el mismo escenario de la independencia. Los hombres y las mujeres de la emancipación no fueron todos militares, sin embargo, en el momento de lucha, actuaron como tales o se identificaron con el calor patriótico que alimentaba su espíritu, como son los casos de Mariano Melgar, el poeta arequipeño que apoyó a Mateo García Pumacahua y entregó su vida por la patria tras la batalla de Umachiri; José de la Torre Ugarte y Bernardo Alcedo, autores de la letra y de la música del Himno Nacional, respectivamente; la figura de Hipólito Unanue, destacado en la administración virreinal, pese a ser generador de sentimientos de patria, y luego eximio funcionario en el gobierno independiente republicano; Toribio Rodríguez de Mendoza, quien es quizás un símbolo de todos los sacerdotes que, desde sus iglesias parroquiales, alentaban con la palabra y la acción el espíritu de libertad; José Faustino Sánchez Carrión, quien destacó en el campo jurídico; y José María Corbacho y Abril, magistrado y político peruano, que fue un gran patriota y poeta arequipeño; y como ellos, otros aportaron con sus ideas, bienes y heroísmo para hacer grande y libre a la patria. Otros personajes, como la vida destacada del gran precursor de la indepen- dencia nacional Túpac Amaru y de Micaela Bastidas, así como aspectos biográficos de Ramón Castilla, Domingo Nieto, Guillermo Miller, Martín Jorge Guise, Juan Espi- noza de los Monteros, Mariano Necochea, José Ignacio Álvarez Thomas, Bernardo O’Higgins, José María Córdoba, Antonio José de Sucre, Simón Bolívar, José de San Martín, y un conjunto de peruanos y extranjeros a cuyos protagonismos nos acercaremos mediante las páginas de esta obra, trabajada por el Fondo Editorial del Jurado Nacional de Elecciones. Es muy probable que, ahora que nos acercamos al Bicentenario de la Inde- pendencia Nacional, sintamos con más fuerza el llamado de la patria, que nos convoca como ciudadanos comprometidos con el futuro del país; así como con los procesos democráticos que se llevan a cabo de acuerdo con la legislación elec- toral y con la Constitución Política del Estado; y con la historia de una nación libre y soberana que tiene un pasado cargado de heroísmo y de amor por la tierra de nuestros mayores. Víctor Ticona Postigo Presidente del Jurado Nacional de Elecciones EL REPOSO DE LOS HÉROES 15 PRÓLOGO Desde la década de los ochenta en el Perú, la historiografía dejó de lado la corriente histórica del positivismo que, en su esencia, buscaba resaltar a los grandes gobernantes, personajes, héroes, militares, hechos de guerra y la vida de los dioses, en un momento en el que la historia respondía a unos tiempos marcados por unas estructuras sociales, que se caracterizaban por que en ellas primaban las teocracias, las jerarquías y la invisibilización de las masas. Épocas en las que otro tipo de historia era impensada por la falta de libertad de pensamiento. Mas el proceso evolutivo de la humanidad marcado por la aspiración de los pueblos por la igualdad, los derechos, la libertad y la vida (ya sea desde la política del amor, las luchas de clases y de los pueblos, o desde el progreso económico, intelectual y cultural) ha generado cambios revolucionarios siempre, de manera acentuada desde el siglo XIX, y ya en el siglo XX le imprimieron a la Historia un nuevo rumbo. Y es entonces cuando la ciencia histórica comenzó a visibilizar a las masas y trató de entender a las estructuras sociales del presente. De allí que el interés de la historia haya pasado de comprender, analizar y sintetizar el proceso evolutivo de la sociedad a entender mejor el presente y construir un mejor futuro, dentro del objetivo ineludible de descubrir el esquema interno de las relaciones relativamente estables que caracterizan una realidad social. Sin embargo, dentro de esta nueva corriente, el individuo y el corto tiempo quedaron fuera, por eso, las biografías y los grandes personajes dejaron de ocupar el núcleo de la historia. JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 16 EL REPOSO DE LOS HÉROES 17 Esta nueva perspectiva científica de análisis con la que me hice historiadora permite descubrir el orden subyacente en todo lo que corresponde al mundo humano y supone una nueva forma de percibir el mundo, la sociedad y al hombre. Ese análisis estructural y en el largo tiempo me llevó a comprobar que las raíces de la independencia del Perú, en 1821, se hunden en el momento mismo de la Conquista española. La consagrada idea de que un grupo de españoles venció rápida y violentamente a todo un poderoso imperio no es cierta. La resistencia y el gobierno paralelo de los inqa se mantuvo hasta 1572. Además, la muerte de Túpac Amaru I no terminó con la resistencia abierta y soterrada de los nativos, que finalmente hasta incluyó el mensaje de paz y amor de la religión de los agresores, la misma que nos permite entender las claves de la salvación de la raza y la cultura andinas, a diferencia de las de otras partes de América. Los conquistadores que se hicieron colonos y encomenderos tuvieron igualmente que resistir la envestida de la Corona cuando quiso reclamar sus fueros sobre las tierras conquistadas por particulares, pero bajo la sombra de una capitulación. Por otro lado, las Leyes Nuevas, la instauración del Virreinato y la Real Audiencia, y la supresión de por vida de la encomienda selló el descontento de los «señores feudatarios, hombres de pro y provecho», y, más tarde, el de sus hijos criollos en el siglo XVII y el de todos a la vez con las Reformas Borbónicas en el siglo XVIII. Cuando la Corona quiso ahogar todo avance, estas tierras ya habían pasado por un largo auge luego de conciliar con todas las clases la convivencia y el trabajo en diferentes niveles de la economía, a diferencia de lo que sucedía en España1. Ahora bien, el libro El reposo de los héroes. Desde el Presbítero Maestro al Panteón Nacional de los Próceres de Miguel Arturo Seminario, con el sello edito- rial del Jurado Nacional de Elecciones y del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú, busca que dirijamos nuestra atención sobre la coyuntura misma de las luchas por la independencia en el siglo XIX y los personajes que las concretaron. Y es que si bien la historia tenía olvidada a las masas y las profundidades estructu- 1 Salas Olivari, Miriam: «Hacia una historia comparada: producción textil y ciclos económicos en España y la Hispanoamérica colonial, siglos XVI-XVIII». En: Quiroz, Enriqueta, Diana, Bonnett (coor- dinadoras), Condiciones de vida y de trabajo en la América colonial: legislación, prácticas laborales y sistemas salariales. Bogotá, Colombia: Universidad de los Andes-CESO, 2009. rales que hilvanaban la existencia social, la nueva historiografía ha olvidado a los grandes hombres: su bravura, atrevimiento, heroísmo y compromiso con la patria, y su discurrir; sin los cuales es imposible el agradecimiento y la fundamentación de la identidad social. Nuestros héroes y heroínas lucharon por un país libre, en el que todos sus habitantes puedan tener derecho a la ciudadanía dentro del marco de un novedoso sistema republicano que aseguraba la división del poder en dife- rentes instancias, con el propósito de contrarrestar el poder absoluto y divino de los monarcas. En este libro de muy cuidada edición se retrata a diferentes protagonistas de las luchas por la independencia cuyos restos se ubican en el Cementerio Presbí- tero Maestro, hoy convertido en museo, y en el Panteón Nacional de los Próceres; asimismo, incluye a aquellos que tuvieron una actuación de primera línea en las luchas por la independencia, y que, sin que sus restos descansen en ellos, están presentes en los monumentos y las placas instaladas en su interior. El autor nos lleva de la mano para conocer la ubicación de los restos de nues- tros héroes, tanto hombres como mujeres, peruanos como extranjeros, profesio- nales como iletrados, militares como civiles, sacerdotes o laicos, criollos y demás clases sociales. Así también, la ubicación de los bustos representativos y de las placas de reconocimiento, que se hallan en el Panteón Nacional de los Próceres. Almas y corazones que no se detuvieron a pensar al entregar su vida por una aspiración que no respondía a una coyuntura ni a una motivación extranjera, sino que era un sentimiento vivo nacional que arrancó desde el primer momento en que los españoles pusieron sus pies en nuestros suelos. En ese sentido, feli- cito la iniciativa de este libro que nos llama a voltear nuevamente la mirada indi- vidual sobre nuestros héroes a quienes debemos venerar y respetar, dado que sin ellos la fundación de la patria hubiera sido imposible. Dra. Miriam Salas Olivari Academia Nacional de la Historia JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 18 EL REPOSO DE LOS HÉROES 19 INTRODUCCIÓN Fue por el Decreto Supremo del 29 de junio de 1921 que se creó el Panteón Nacional de los Próceres, y en 1924, se inaugura este santuario, que antes era iglesia y que fue convertido mediante la transformación de su planta, tras los trabajos que hiciera el arquitecto francés Claudio Sahut, para la adaptación de dicha iglesia en el santuario de la patria que es actualmente. Se prefirió a la iglesia de San Carlos, por ser inmediata a la Universidad de San Marcos, y un lugar sagrado con tradición; de ahí salieron varios de los próceres de la patria, de manera que desde un templo cristiano se mantendría la gloria de esos peruanos y extranjeros destacados en la independencia, por ser el propósito de un Dios justo, que no quiere esclavos ni oprimidos: era como si se pusiera en reconoci- miento, en instancias paralelas, a los santos y a los héroes, pues ambos están en el cielo de los recuerdos de la patria agradecida, que de esta forma honra su memoria. La conmemoración del centenario de la independencia nacional fue suntuosa, ya que era una fecha muy singular, cargada de brillo; eran los años del segundo gobierno del presidente Augusto B. Leguía. Para la ocasión llegaron misiones espe- ciales de casi 30 países, y otros estuvieron representados por sus embajadas. El espíritu sanmartiniano, que era general en el país, llevó a que el gobierno venezolano no participara, porque temía un gran desaire a la memoria de Simón Bolívar, el Libertador del Norte que estuvo ligado a la consolidación de la indepen- dencia nacional. De igual manera, quizás por lo protagonizado en la guerra con el país del sur, Chile no estuvo presente, ya que el tiempo se presentaba caldeado Vista angular del Panteón Nacional de los Próceres JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 20 EL REPOSO DE LOS HÉROES 21 para ellos, por la campaña de chilenización que se llevaba a cabo en Arica y Tacna, en medio del rechazo de los ariqueños, los tacneños y del gobierno peruano. No faltaron, en esta celebración, la presencia de algunos descendientes de protagonistas de la independencia, como el teniente general conde de Dundo- nald, nieto de lord Thomas Alexander Cochrane, por Gran Bretaña, y figuras repre- sentativas de diferentes países. La ocasión fue propicia para erigir un monumento en Pisco, lugar del desembarco del general José de San Martín con la Expedición Libertadora, el 8 de septiembre de 1820; asimismo, se emitieron estampillas alusivas, y se acuñaron medallas representativas, algunos de cuyos ejemplares se conservan en el Museo Electoral y de la Democracia del Jurado Nacional de Elecciones. Por decreto del 14 de abril de 1921 se restableció la orden El Sol del Perú, para premiar los servicios extraordinarios de peruanos y extranjeros; por otro lado, se creó también una Medalla del Primer Centenario de la Independencia Nacional. El centenario fue celebrado en todo el país; por lo menos, el 28 de julio de 1921, en cada centro poblado, en las capitales distritales y provinciales, y en las zonas de frontera, el recuerdo de la efeméride no estuvo ausente, como se reporta en los libros de actas respectivos. Los discursos y ceremonias, por muy simples que hubiesen sido, represen- taban todo el sentir nacional: era el centenario de la independencia. En Lima se inauguró el monumento a José de San Martín, y se abrió el Museo Bolivariano en la Magdalena Vieja; cabe mencionar que la estatua de Simón Bolívar ya se había inaugurado el siglo pasado. De esa época son algunos monumentos sobre figuras representativas de la historia nacional y americana, que fueron donados por colonias extranjeras, como los de George Washington (1922), Antonio José de Sucre (1924) y Manco Cápac (1926). El Congreso expidió una ley especial que otorgaba la medalla conmemo- rativa del centenario al presidente Augusto B. Leguía, por la organización de las fiestas de este primer centenario de la independencia nacional. Busto de don José de San Martín EL REPOSO DE LOS HÉROES 23 Volviendo al Panteón Nacional de los Próceres, este es un santuario conside- rado como tal en 1921, porque la antigua iglesia de San Carlos fue destinada como el lugar privilegiado por la nación, para guardar los restos mortales y la memoria de peruanos y extranjeros que dedicaron su vida o se inmolaron por la indepen- dencia de nuestra patria. Aquí, en el Panteón, podemos encontrar precursores (patriotas que se adelantaron en el camino de la independencia; que dieron las pautas; que fueron visionarios de la separación política, y lucharon con las armas y con el pensamiento para abrir campo a la liberación); próceres (personas distin- guidas, tanto civiles como militares, en el mismo momento de la independencia; que actuaron en los instantes de la culminación del ideal concebido por ellos y por los precursores); ideólogos (individuos que teorizaron, por ejemplo, sobre temas relacionados con la independencia) y mártires (quienes padecieron sufrimientos resignadamente por su patria). La antigüedad del recinto se remonta a más de tres siglos; este es parte de la historia de la Compañía de Jesús, orden religiosa establecida en Lima desde 1568, la cual, dentro de su terreno, construyó una iglesia para el noviciado de los jesuitas, casi acabada en 1613, con el apoyo del filántropo español Antonio Correa, con cuya donación se construyó la réplica de la iglesia de su tierra natal, la Villa de Valdemoro en España. La iglesia fue testigo de la vida en oración de los novicios y de los sacer- dotes de la Compañía de Jesús; en ese mismo espacio, posteriormente, estudia- rían muchos de los hombres protagonistas de la independencia; poco antes de la salida de los jesuitas de territorio peruano, el terremoto de 1746 destruyó gran parte de la iglesia, por lo que se inició su reedificación el 11 de mayo de 1758, y se puso en servicio el 17 de enero de 1765, en un acto que contó con la presencia del virrey Amat. La iglesia del siglo XVIII fue remodelada por Cristóbal de Vargas. En el Virreinato, los templos de los jesuitas diferían de los de otras órdenes religiosas, porque los coros altos eran de menor profundidad, y, a veces, se elimi- naban, ya que el oficio del coro se había suprimido en esta orden. En general, gran parte de las iglesias conventuales se construyó en Lima en el siglo XVI, y se recons- Púlpito dentro del Panteón Nacional de los Próceres JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 24 truyó en los siglos posteriores, cuando se trataba de asociar las mencionadas igle- sias a las nuevas tendencias arquitectónicas, o eran afectadas por terremotos. Para José García Bryce, el púlpito de la iglesia de San Carlos, hoy Panteón Nacional de los Próceres, es de estilo rococó, y es la más hermosa representación de este estilo, cuya antigüedad señala que es de 1760, o sea del siglo XVIII. Al jesuita Juan Rher se le atribuye la talla del púlpito de la iglesia de San Carlos, lugar de veneración patriótica, donde el retallo mayor es de estilo rococó, del siglo XVIII, y las celosías con los balcones son del mismo estilo. Antes del terremoto de 1746, el templo de San Carlos tenía un decorado interior de estilo barroco, la mueblería era de caoba oscura, pero el púlpito era de estilo rococó. El material de la nueva construcción procedió de las ladrilleras de Santa Beatriz, y la madera guayaquileña y muchos adornos fueron traídos desde España. En la remodelación de la iglesia de estilo renacentista hispano, la sepultura de Antonio Correa fue trasladada a la parte central del costado derecho, y en ella continuó la preparación espiritual de los novicios que luego, como sacerdotes, pasaron a servir en todo el Perú. El 27 de febrero de 1767, el rey Carlos III dio la Pragmática Sanción que expulsaba a todos los jesuitas de la América Española y de sus dominios de Asia. En el Perú, el encargado de cumplir con esta orden fue el virrey Amat, tras recibir el comunicado, y fue este mismo virrey quien en 1770 fundó el Real Convictorio de San Carlos, a partir de los Colegios Máximos jesuitas que funcionaban en Lima: el de San Martín, y el de San Felipe y San Marcos. El Real Convictorio fue instalado en el antiguo edificio del Noviciado; se puso bajo la dirección de don Toribio Rodríguez de Mendoza; y, en los años de efervescencia separatista, fue centro de formación y de difusión de la conciencia de patria, asociado a la formación de la generación revolucionaria, de gran prota- gonismo en las primeras décadas del siglo XIX. Rodríguez de Mendoza, el ideólogo de la independencia, fue un reformador de la enseñanza, que promovió una serie de innovaciones que generaron que el Santo Oficio suspenda temporalmente el Convictorio en 1788, por la enseñanza Busto de don Toribio Rodríguez de Mendoza JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 26 EL REPOSO DE LOS HÉROES 27 de la Ley Natural pese a la prohibición al respecto, y porque las autoridades ecle- siásticas habían percibido que desde este lugar se promovía y difundía el ideal separatista de las colonias en relación con la metrópoli. Después del movimiento de Túpac Amaru II, varios lugares del Perú fueron militarizados, y no se descuidaron los lugares más alejados de la ciudad de Lima; un caso evidente es Paita, donde en 1781 se creó el Escuadrón de Dragones de Amotape, con una fuerza de 722 hombres; que incluía una compañía de blancos de Amotape, tres compañías de Pardos de Tangarará, El Arenal y La Huaca; de modo que cuando, en 1813, Juan Salcedo era capitán de milicias de Paita y comandante accidental, en este lugar, estaba la Brigada de Artillería de Paita, puerto que fue testigo del desembarco de las tropas que venían del norte del continente para hacer frente a los insurrectos del sur, es decir, para enfrentarse a los patriotas. En un artículo sobre la revolución del Cusco de 1814, José Tamayo Herrera considera que la primera proclama de la independencia del Perú se hizo en el Cusco; apoyó su tesis en documentos primarios cercanos al suceso, los analizó y demostró que se hablaba de un Estado soberano que demandaba la restitución del poder a los americanos, y que incluso el 20 de octubre de 1814 se les nombró pleni- potenciarios que representaban al Perú en el Río de la Plata; en todo momento, se invocó a los incas, señalando que ya «la antigua Corte de los Incas enarboló el estandarte de su libertad…». Para Tamayo Herrera, con la revolución de 1814, no solo se organizó el primer ejército peruano de carácter patriota, sino que, además, sus protagonistas crearon símbolos para diferenciarse de los de la monarquía española; pues se orientaban a destacar una presencia nacional, creando una bandera de franjas transversales de colores azul y blanco, que fue bendecida el 8 de septiembre de 1814 en la catedral cusqueña; y se adoptó a la mascaipacha como uno de los símbolos del Perú. Se considera como principales protagonistas de esa revolución a José Angulo, Vicente Angulo, Juan Pinelo, Mateo García Pumacahua y a Manuel Hurtado de Mendoza; de todos ellos, Mateo García Pumacahua es quien ostentaba el más alto grado y la mayor experiencia militar. La acción del ejército patriota no se sintió únicamente en el Cusco, sino que también llegó hasta La Paz, por el sur; y luego hasta Huamanga, al norte del Cusco. Así, el ejército patriota libró las batallas de Huanta el 1 de octubre de 1814; la de Matará el 27 de enero de 1815, y las de Rucu- machay, Hatuntocto y Hatunguana el 18 de febrero de 1815. El ejército organizó una tercera expedición sobre Arequipa; de esta manera, se llevó a cabo la batalla de La Apacheta el 10 de noviembre de 1814, y, ese día, tras el ingreso a la ciudad, se programó la proclamación de la independencia; con la intervención de Mariano José de Arce, quien opinó abiertamente que la mencionada proclamación debería hacerse sin manifestar fidelidad a Fernando VII, y más bien separándose de la monarquía española. Finalmente, la batalla de Humachiri consumó el sacrificio de Mateo García Pumacahua, Mariano Melgar y otros patriotas, mientras otros fueron encarcelados, y algunos, desterrados. La doctora Ella Dunbar Temple es una estudiosa del manifiesto deseo de la restauración del Imperio incaico por parte de los revolucionarios peruanos y del Río de la Plata; asimismo, destaca que, desde los rechazos a la conquista del siglo XVI, se había expresado tempranamente este ideal, al comienzo, propiciado única- mente por los indígenas y, posteriormente, por indígenas, mestizos y criollos. Atilio Siviriche y Juan José Vega coincidieron en que, en una algazara prota- gonizada en Mendoza, ciudad del Virreinato del Río de la Plata, en plena revolu- ción de Túpac Amaru II, se quemó una efigie de Carlos III y se propagó la idea de coronar como inca rey a Túpac Amaru II. En 1816 pasó por Paita la tercera compañía del sexto escuadrón de arti- llería procedente de Panamá, con 142 hombres del infante don Carlos, llegados a bordo de las fragatas Carmen y Cazadora. A Paita había llegado, a comienzos de 1816, la expedición del almirante Guillermo Brown, planificada desde la Argen- tina, para levantar las costas americanas contra el virrey Abascal. Al año siguiente pasó por Paita el brigadier Canterac, destinado como jefe de Estado Mayor del Alto Perú, y unos meses después arribó Ramón Rodil; ambos realistas quedarían inscritos entre los protagonistas de episodios de la independencia. En 1819, después de promover la independencia de Supe, JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 28 EL REPOSO DE LOS HÉROES 29 Cochrane atacó Paita, puerto que ese año fue testigo del paso del batallón Numancia por su jurisdicción. Mientras que, en Lima, el 31 de mayo de 1817, el virrey Joaquín de la Pezuela clausuró el Real Convictorio de San Carlos, y expulsó a José Faustino Sánchez Carrión, confinándolo a la sierra; medida ya sin sentido, porque el deseo de inde- pendencia era indetenible, y el Convictorio había contribuido en la formación de los hombres que realizaron las principales acciones en la emancipación y la repú- blica, y que, a su vez, tuvieron que ver con la formación de nuevos peruanos. En la república, toda la exmanzana jesuítica pasó a la Universidad de San Marcos, sufriendo incluso la violencia de la guerra con Chile, con el saqueo de los ornamentos y la decoración de la iglesia, así como los faroles, los adornos de los altares, los candelabros de plata, los santos, las reliquias: casi todo desapareció. Terminada la guerra del guano y el salitre, la iglesia continuó como oratorio de la Universidad de San Marcos, hasta 1921, en que, con motivo del centenario de la independencia, se convirtió en el Panteón Nacional de los Próceres. La inauguración del Panteón Nacional de los Próceres fue el 10 de diciembre de 1924, acto al que asistió el poeta José Santos Chocano; dos años después se comenzó con el traslado de los restos de los primeros próceres. Posteriormente, el 21 de agosto de 1953, el Panteón Nacional de los Próceres fue transferido al Minis- terio de Guerra, hoy dentro del Ministerio de Defensa, por la naturaleza de este organismo, cuyos actos se vinculan, en parte, con la preparación y la celebración de efemérides patrióticas; y de inmediato se le colocó bajo la dependencia del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú, al que se mantiene adscrito hasta la fecha. En las remodelaciones hechas en el siglo XX se agregaron la escultura de bronce de la «República peruana», hecha por Artemio Ocaña, y las pinturas murales sobre la cúpula, que son obra del pintor José Sabogal. El Panteón Nacional de los Próceres, desde entonces, es testigo de todos los homenajes que los peruanos agradecidos rinden a los patriotas que se inmolaron por la libertad e independencia. Los trabajos de restauración y ornamentación se hicieron de acuerdo al fin que se proponía el gobierno: en el primer piso se dejó el Altar Mayor y el púlpito, Altar mayor dentro del Panteón Nacional de los Próceres JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 30 se retiraron los altares laterales hasta la iglesia de San Marcelo, y se colocaron, en fecha posterior, 29 bustos de precursores y libertadores. Asimismo, se empe- zaron a colocar placas recordatorias de la declaración y la proclamación de la inde- pendencia; de las batallas de Junín y Ayacucho; y placas donadas por Argentina, Venezuela y Chile, en recuerdo a la fraternidad que unió a los americanos, en su lucha por la libertad. En el Panteón Nacional de los Próceres, antiguo Convictorio de San Carlos, se siente la figura de Toribio Rodríguez de Mendoza enseñando a los jóvenes caro- linos, futuros líderes de la República. Por otro lado, cerca de la efigie de la patria, está grabado lo dicho por el historiador José de la Riva Agüero y Osma: SOBRE EL ALTAR DE LA PATRIA Y BAJO SU GALLARDA LLAMA, HECHA DE RUEGOS Y DE INMOLACIONES DE VALOR Y DE PLEGARIAS, DEBEN EXISTIR SIEMPRE, COMO EN LA RITUALIDAD LITÚRGICA CATÓLICA, LOS HUESOS DE LOS PREDECESORES Y LAS RELIQUIAS DE LOS MÁRTIRES. Y en lo alto de la portada se lee el siguiente lema: «DIOS Y LA PATRIA». En el Coro del Panteón Nacional de los Próceres hay una alegoría a la patria, cuya autoría pertenece al artista Teodoro Núñez Ureta. Esta alegoría representa a todos los peruanos sin distinción de raza ni sexo, a los soldados de Junín y Ayacucho, que les dieron gran significación a los sables que sellaron la indepen- dencia, al clero que no dejó de involucrarse en la gesta libertaria, a los criollos que expresaron su capacidad para ocupar altos cargos, en medio de la marginación que sufrían, y a los ideólogos que con la palabra y sus escritos propiciaron el forta- lecimiento de los sentimientos de patria. En la bóveda inferior se encuentran los restos de los próceres que oportuna- mente fueron trasladados hasta este lugar santo, los cuales incluyen los de Juana de Dios Manrique de Luna, ubicados en una de las zonas de la cripta, el Panteón Nacional de los Próceres, desde el 17 de abril de 1984, y los de don Ramón Castilla que, desde su tumba en el cementerio Presbítero Maestro, fueron trasladados hasta el mausoleo de mármol, en el que actualmente reposan. Coro del Panteón Nacional de los Próceres EL REPOSO DE LOS HÉROES 33 Se destaca, en el descanso de la gradería que conduce a la cripta, un Cristo de bronce, obra de Leonardo Bistolfi, a quien se considera el principal exponente del simbolismo italiano; y en sus muros aparecen inscritos, también en bronce, los nombres de muchos de los próceres que, como los bustos, han ido en aumento, a partir de nuevas investigaciones y de reconocimientos en las nuevas gestiones a cargo del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú. En el Panteón Nacional de los Próceres, templo de la patria, los visitantes sienten que este santuario es un símbolo de la lucha por la libertad y que es un local donde se formó la juventud carolina que, posteriormente, organizó la república, y que está asociada a nombres de defensores de la independencia del Perú, los cuales perdurarán por siempre en la memoria colectiva. Cabe resaltar que, aunque allí no reposan todos los próceres, sus nombres están grabados en las placas que existen en sus paredes. En las diferentes monografías y estudios históricos de cada uno de los pueblos del Perú, podemos constatar que el heroísmo se manifestó en cada rincón de la patria, en todos los tiempos; y, gracias a la investigación, cada vez es mayor el número de peruanos que se suman a las relaciones que existen sobre los defen- sores del Perú en la gesta de la emancipación. Los pueblos se presentan ante la patria, haciendo conocer a sus hijos publi- caciones que muchas veces circulan a nivel local, y que proyectan el aporte de su gente en la defensa de su integridad e independencia. Con toda seguridad, las publicaciones hasta hoy conocidas se multiplicarán en los próximos años, sobre todo en estos tiempos que la proximidad del bicentenario está generando comportamientos reflexivos, y se están rescatando hechos y personajes acerca de la historia de la emancipación en el territorio peruano. Alberto Carrillo Ramírez publicó Dos próceres ancashinos de la emancipación: Cayetano Requena y Manuel Jesús González; José Dammert Bellido publicó Cajamarca independiente; Eduardo Mendoza Meléndez, Concepción, su pasado y su presente en la independencia: Las Toledo; asimismo Luis Ramírez Ortiz publicó Antecedentes históricos de la provincia de Chancay, su participación en la gesta emancipadora de Efigie de la patria ubicada en la fachada del Panteón Nacional de los Próceres JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 34 nuestra independencia y, sobre el mismo espacio geográfico, Emilio Rosas Cuadros ha publicado, en 1976, La provincia de Chancay en la Colonia y Emancipación. Lambayeque no se quedó atrás en publicaciones al respecto: Alejandro Araujo dio a conocer su trabajo sobre Próceres y mártires lambayecanos; y acerca de Chota se dieron pormenores en el libro El aporte de Chota a la independencia del Perú y Colombia, como los referidos a las escenas de la proclamación de la libertad que se hiciera en Chota de las acciones militares en ese escenario, así como del aporte económico de los hijos de esa región para la consolidación de la independencia. El aporte de Huánuco lo destacó la doctora Ella Dunbar Temple, en su publi- cación La revolución de Huánuco, Panatahuas y Huamalíes de 1812; y el de Huarochirí se hizo conocer en parte por la publicación de Emilio Rosas Cuadros titulada La provincia de Huarochirí en la historia: coloniaje e independencia; el mismo autor publicó, en 1976, La provincia de Huaura en la Colonia y Emancipación, la cual abunda en detalles sobre el proceso de la independencia peruana. La Libertad manifestó su participación en la gesta emancipadora, a través de la obra de Pablo Uceda Paredes, Aspecto histórico y cultural del departamento de La Libertad, publicada en 1974; y de Anales del departamento de La Libertad en la guerra de la independencia, de Nicolás Rebaza. En relación a este mismo espacio, Héctor Centurión Vallejo ha escrito La independencia de Trujillo en 1962. En cuanto al extremo norte, Tumbes, ha sido conocido en parte por las publicaciones de Jorge Carlín Arce. Pasco tampoco se quedó atrás en esta sucesión de heroísmo: en Jornadas de gloria, de César Pérez Arauco, se relatan los acontecimientos asociados a la jornada patriótica de Álvarez de Arenales en esa región, a la batalla de Cerro de Pasco, y a la jura de la independencia en Cerro de Pasco en 1820. Se tuvo conocimiento en detalle del proceso de la independencia de Tarma, mediante la publicación de Alejandro Palomino Vega: La independencia de Tarma y el general de división don Francisco de Paula Otero, prócer de nuestra independencia, que salió a la luz en 1955. Mártir José Olaya Balandra JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 36 EL REPOSO DE LOS HÉROES 37 No son pocos los autores que han destacado la participación del pueblo peruano en la independencia: en su libro América célebre, glorias del nuevo mundo, Emilia Serrano de Teruel presenta al mundo a personajes como Felipe Santiago Salaverry, Ramón Castilla, Juan Brown, Simón Bolívar, José de San Martín, José Olaya, Antonio José de Sucre y Bernardo O’Higgins; por su parte, Enrique Vásquez Andrade, en su libro Hombres célebres de América, solo incluye, de la época de la independencia, a Simón Bolívar y a Antonio José de Sucre. Ciro Bayo, en su libro Examen de próceres americanos (los libertadores), publi- cado en Madrid en 1916, presenta a los siguientes personajes de la independencia: Bolívar, San Martín y Sucre, detallando sus acciones. No se escapan al juicio sobre la historia de América las batallas de Junín y Ayacucho ni las batallas de Torata y Moquegua, ganadas por los realistas, ni las batallas por la independencia de Chile. Juan Pablo Echagüe, en Figuras de América, considera entre los biografiados a Túpac Amaru II, a quien le dedica 14 páginas; mientras que Osvaldo Orico, en su libro Hombres de América, al tratar de héroes civiles y militares del continente, selecciona a 16 personajes, entre los que se encuentran Simón Bolívar, Bernardo O’Higgins y San Martín, protagonistas de la independencia de América. Miguel A. Pérez, en Figuras americanas, selecciona una galería de hombres ilustres y considera como tales a Bernardo O’Higgins, Ramón Castilla, José de la Mar, Antonio José de Sucre, José María Córdova, Bolívar y San Martín; algunos de estos próceres, como San Martín y La Mar, combatieron a favor de la indepen- dencia española, tras la invasión de Napoleón Bonaparte a la península ibérica. Alberto Carrillo Ramírez, en Dos próceres ancashinos de la emancipación: Caye- tano Requena y Manuel Jesús Gonzales, abunda en detalles sobre estos personajes. El monseñor José Dammert Bullido, en su libro Cajamarca independiente, hace conocer los detalles de los pueblos de esta zona, en el proceso de emancipa- ción americana. Por su lado, Eduardo Mendoza Meléndez abundó en precisiones con respecto a Las Toledo, heroínas del valle del Mantaro. De Gabriel Aguilar se han ocupado César García Rosell y Samuel Ordóñez Salcedo; de Álvarez Thomas, Santiago E. Albornoz y Daniel Matto; de Baquíjano y Carrillo, Carlos Deustua Pimentel en la colección Biblioteca Hombres del Perú; de María Parado de Bellido, Juan José del Pino. Sobre Ramón Castilla, la biografía es abundante, es quizás uno de los más biografiados; de José Ildefonso Coloma se ha encargado Miguel Arturo Seminario Ojeda y Luis Humberto Delgado Coloma; de Agustín Gamarra, Margarita Guerra Martiniere y Miguel A. Martínez; de Juan Manuel Iturregui, René Byrne Valcárcel; de Francisco Javier de Luna Pizarro, Luis Lituma Portocarrero; de Toribio de Luzuriaga, Américo Portella Egúsquiza, Mauro Mendoza Alegre y Daniel Matto. De José de la Mar, Sara Hamann de Cisneros, Pío Jaramillo Alvarado, Luis Alayza Paz Soldán, Manuel Vicente Villarán y Pedro José Tordoya; de Mariano Melgar, Luis Jaime Cisneros y Pedro José Rada y Gamio; de Attilio Minuto Domingo Nieto, Félix Denegri Luna, Enrique Chirinos Soto, Manuel C. Bonilla, Pedro Ruiz Bravo y Rómulo Zanabria Zamudio; de José Olaya, Luis Antonio Eguiguren, Ismael Portal y Germán Stiglich. La biografía de Pablo de Olavide la ha abordado Guillermo Lohmann Villena; la de Luis José de Orbegoso, José María Blanco, Evaristo San Cristóbal, César García Rosell y Luis Varela y Orbegoso; la de Pumacahua, Sara Hamann de Cisneros; la de Rázuri, José Vicente Rázuri, León de la Fuente y Víctor Salazar Vera. Por otra parte, se ocuparon de Toribio Rodríguez de Mendoza, Óscar Noé Zevallos, Luis Collantes Pizarro, Luis Antonio Eguiguren, Jorge Guillermo Leguía, Fernando Romero y Rubén Vargas Ugarte; y de Túpac Amaru II, Carlos Daniel Valcárcel, César Ángeles Caballero y Jorge Rosales Aguirre. De Hipólito Unanue se han hecho cargo, Luis Alayza y Paz Soldán, Juan B. Lastres, César García Rosell, Hugo Neira Samanez, Luis A. Stein Chávez y Percy Cayo Córdova; por otra parte, la biografía de Francisco Vidal ha sido materia de investigación de Geraldo Arosemena Garland, Héctor Mario Díaz Núñez y Emilio Rosas Cuadros; la de Juan Pablo Viscardo y Guzmán ha sido estudiada por César Pacheco Vélez, Jerónimo Alvarado, David Brading, Gustavo Vergara Arias y Rubén Vargas Ugarte; y la de Francisco de Zela, por Gustavo Pons Muzzo. JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 38 EL REPOSO DE LOS HÉROES 39 En los libros de Historia Local que se conservan en los fondos bibliográficos de la Biblioteca Nacional del Perú, del Instituto Riva Agüero y del Centro de Estu- dios Histórico Militares del Perú, existe abundante información con respecto a los pueblos del Perú y sus personajes; en algunos casos, a partir de la tradición y la historia se han rescatado nombres olvidados y se ha corroborado la existencia de algunos que, aunque no se han popularizado a nivel nacional, también son parte de la historia del Perú. Uno de los personajes más recordados de la independencia, por el amor que sintió por su patria, como funcionario del régimen español y republicano, fue Hipólito Unanue, secretario de la Sociedad Amantes del País, que existió a fines del siglo XVIII, como resultado de un proyecto que obedeció a un objetivo cohe- rente, relacionado con la emancipación que asomaba entre los peruanos como un deseo ferviente, y que se fortaleció con las elecciones de 1812, oportunidad en la que los ciudadanos que habían dejado de ser súbditos de la Corona real española manifestaron su voluntad de elegir por primera vez a sus autoridades municipales, como ocurrió desde diciembre de este año. El 29 de julio de 1821, los habitantes de Lima aún no salían de su alborozo del día anterior, cuando los repiques de campanas estremecieron la tranquilidad de la capital virreinal, en la que los limeños escucharon, el 28 de julio, la proclama que hizo el general José de San Martín. El Perú era libre e independiente, porque así lo querían los peruanos, que nunca se resignaron a perder su autonomía, después de la conquista española. Los tabladillos para la proclamación de la independencia, se empezaron a armar desde cuatro días antes del solemne evento, que no solo se realizó en la plaza mayor de Lima, sino que se llevó a cabo en cuatro lugares, considerados estratégicos, para decir a los peruanos que el Estado nacional se recomponía; así, desde el ingreso de San Martín y sus huestes a Lima, la ciudad se mantuvo en expectativa. El día elegido fue el sábado 28 de julio, y en un acto memorable, se anunció que un pueblo soberano renacía en esa condición, por su propia voluntad, asimismo, la proclamación se haría en los mismos lugares, desde donde los funcio- Mariano Melgar JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 40 narios de la Corona española acostumbraban a comunicar las decisiones reales y de otro tipo a los limeños. La ciudad estuvo iluminada tres días seguidos, desde el viernes 27 por la noche hasta el 29, lo que evidenciaba el júbilo general, por el anuncio al mundo de las sociedades libres, que el Perú ya estaba nuevamente en el consenso de los pueblos soberanos, decisión que aplaudirían los pueblos libres de todo el orbe. Quizás hubo una gran expectativa en la espera del pronunciamiento sanmarti- niano que, como lo cantaba su himno nacional, anunciaría a los mortales un grito sagrado: «Libertad, libertad, libertad». Los estrados se instalaron en la plaza mayor frente al Palacio de Gobierno; en la plazuela de La Merced, iglesia donde hasta hoy se venera al padre Urraca; en la plaza de Santa Ana frente a la iglesia de las Descalzas y en la plaza de la Inquisición, hoy plaza Bolívar, frente al Congreso de la República, ahí, frente al sitio desde el que salieron muchos inocentes para enfrentar crueles castigos y, no pocas veces, la muerte. Desde el 27 por la tarde, se escuchó el repique general de las campanas en todas las iglesias de Lima, y por la noche, la iluminación de la ciudad fue total. Casi no hubo casa ni establecimiento comercial sin decorar, los símbolos patrios resaltaban por todos lados. Los fuegos artificiales contribuyeron a que la alegría se haga más contagiosa y general. La ciudad estaba llena de personas que habían venido de las comarcas cercanas, que se entregaron a los bailes y a una sana diversión: estaban ansiosas de escuchar los ruidos de la alegría que anunciaban la ruptura de las cadenas de la opresión, y de hacer el voto solemne de no faltar ante el llamado de la patria. Por todos lados se hacía vivas a la patria y al general San Martín; las crónicas aseguran que muchos no durmieron el día anterior de la proclamación, esperando la hora; eran miles los que estaban en las calles de la antigua capital virreinal a la espera de proclamar por sí mismos: «Somos libres, seámoslo siempre», así como lo diría, al poco tiempo, el Himno Nacional aprobado por el Protector de la Libertad del Perú. Dibujo de Raúl Vizcarra de don José de San Martín, 1967 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 42 EL REPOSO DE LOS HÉROES 43 El 28, las iglesias nuevamente hicieron repicar las campanadas, preludio de lo que ocurriría a continuación; desde los balcones y las ventanas, la población lanzaba flores y papel picado rojo y blanco, colores que se repetían en los atuendos femeninos y en las escarapelas que portaban los varones; nadie quería perderse el acto público de la proclamación de nuestra independencia, y todos deseaban elevar a la patria la promesa de ser libres por siempre y para siempre. Indudablemente que otros pueblos lo habían hecho antes, como Supe, de lo cual hay registro; este pueblo se adelantó bastante, pues un 5 de abril de 1819, desafiando a la autoridad virreinal, proclamó su independencia, en 1820, lo hicieron otros pueblos del sur y del norte, que sucesivamente expresaban su deseo de no depender más de la Corona española, entre ellos, Pisco, Ica, Pativilca, Chancay, Huacho, Barranca, Lambayeque, Trujillo, Piura, Paita, Sullana, Querecotillo, La Huaca, Amotape, Tumbes, Cajamarca y Jaén. Fue a las diez de la mañana, cuando el general San Martín, ataviado de gala y a caballo, entre los vítores de la multitud, salió del Palacio Virreinal, acompañado del gobernador de la ciudad, el marqués de Montemira y del Estado Mayor, y de varios de los generales que eran parte también de la gesta de libertar al Perú. Por delante iban una comitiva del ayuntamiento, de la Universidad de San Marcos, de los Colegios, oidores de la Real Audiencia, miembros de las corporaciones, miem- bros de los tribunales, prelados de las casas religiosas, jefes militares, gente de la nobleza, y con ellos, representantes del Colegio de Abogados y vecinos distin- guidos de Lima. Pendón en mano, el general San Martín subió al tabladillo; dijo a viva voz una frase memorable que sintetiza el esfuerzo peruano por alcanzar su indepen- dencia: «El Perú es, desde este momento, libre e independiente, por la voluntad general de los pueblos y por la justicia de su causa que Dios defiende»; y, agitando la bandera, proclamó: «Viva la patria, viva la libertad, viva la independencia», reafir- mando que un Dios justo no quiere esclavos ni oprimidos, y dando a entender a la multitud que si conseguir la independencia acarreaba la continuación de la guerra, sería una guerra justa que el Creador iba a defender. Dibujo de Raúl Vizcarra, Proclamación de la independencia de Trujillo JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 44 EL REPOSO DE LOS HÉROES 45 Se habían mandado a acuñar medallas conmemorativas que se lanzaron al público, mientras que, llenos de emoción, los asistentes se abrazaban, y se olvi- daban de la separación estamental que los polarizaba; se iniciaba una nueva etapa de la historia nacional, al compás de las bandas del ejército, era como lo dirían nuestros vecinos del sur: «Ya es hermano el que ayer, invasor». Terminada la ceremonia, el acto se repitió en la plazuela de La Merced, en la plaza de Santa Ana y en la plaza de la Inquisición, como estaba previsto. La proclama de la independencia también se hizo en quechua; no podía quedar fuera del momento que se vivía esa aspiración de juntar dos mundos en uno solo, el incásico y el hispánico. Ocurrió como cuando se juró la Constitución de Cádiz de 1812, en los pueblos donde la mayoría era quechuahablante, y la escucharon en su propio idioma, de manera que se enteraron, en el idioma de los incas, que se habían convertido de súbditos a ciudadanos. San Martín regresó al Palacio, y por la noche hubo fiesta de gala, organizada por el ayuntamiento, con música y una cena exquisita; asistieron a esta las mujeres y los varones con la etiqueta más apropiada para la ocasión. Los anfitriones fueron el alcalde conde de San Isidro y el conde de la Vega del Ren; por su lado, el general San Martín inició el baile, cabe mencionar que él estaba acompañado de jefes y oficiales del ejército. Si bien hubo una manifestación patriótica desde la suscripción del Acta de la Independencia de la Municipalidad de Lima, el 15 de julio de 1821, la Iglesia tuvo un papel brillante en las actividades por la proclamación y jura de la independencia; así, el día 29 de julio, organizó la misa solemne y el Tedeum previsto para la ocasión. El arzobispo Bartolomé de las Heras designó a fray Jorge Bastante para que pronuncie la oración sagrada. Este sacerdote franciscano se incorporó al Ejér- cito Libertador en Pisco y fue nombrado capellán del Gobierno. Como ocurrió el día anterior, la ceremonia se inició a las diez de la mañana; el general José de San Martín, corporaciones, vecinos notables, y autoridades militares, políticas y religiosas ingresaron a la catedral, y terminado el oficio, el Libertador regresó a Palacio de Gobierno, mientras la población estallaba en muestras de júbilo. Altorrelieve de la proclamación de la independencia del Perú EL REPOSO DE LOS HÉROES 47 Por la noche, con otro baile, se completó la celebración por ese augusto momento; fueron tres días de fiesta que, con las singularidades del siglo XXI, quizás sean replicados por los peruanos, en los festejos por el Bicentenario de la Independencia del Perú, tanto en esferas oficiales como en instancias particu- lares, ya que se espera con mucho optimismo y júbilo patriótico esta celebración. No había sido en vano el esfuerzo de los hombres de la Sociedad Amantes del País, que procuraron acercar el Perú a los peruanos, mediante la prensa escrita, o publicaciones periódicas, que aunque estaban dirigidas a los que sabían leer y escribir, su efecto multiplicador contribuyó a que el mensaje de patria se difun- diera en muchos espacios. La formación de la conciencia de patria es un proceso; nadie fue patriota de un instante a otro, pues la conciencia se desarrolla en varias etapas. Además, los hombres y las mujeres de la emancipación contribuyeron con el fortaleci- miento de ese sentimiento de patria con el mismo carácter, sin distingo de sexo. Aún no se sabe, pero seguro que, más allá del camino del desarrollo intelectual que les fue negado, muchas mujeres ayudaron a fortalecer el sentimiento de patria desde la cuna familiar. Es sabido que, después de la entrevista que tuvo con Simón Bolívar, el general San Martín regresó al Perú, y fiel a su espíritu, en cuanto se instaló el primer Congreso Constituyente, renunció a su alto cargo y se retiró del escenario donde su gloria quedaría para siempre. Antes de salir a Guayaquil había convo- cado a elecciones para el primer Congreso Constituyente, que se instaló el 20 de septiembre de 1822, ocasión en que se experimentó un gran proceso electoral. Así, después de los debates y las discusiones correspondientes, los peruanos obtuvimos la primera Constitución republicana. Se considera al Congreso Constituyente del Perú de 1822 como la primera institución política elegida democráticamente en el Perú, donde participaron todos los peruanos que, de acuerdo a la legislación provisional sanmartiniana, estaban aptos para ser elegidos y elegir. Sus integrantes fueron conocidos como diputados, tras las elecciones populares convocadas por el Protector José de San Martín. Dibujo de Raúl Vizcarra de Simón Bolívar, 1967 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES 48 EL REPOSO DE LOS HÉROES 49 Su labor principal fue dar a la República del Perú su primera Constitución Política en 1823. Cabe recalcar que los peruanos ya habían votado antes de la inde- pendencia, para elegir a sus cabildos constitucionales, entre 1812 y 1814; por lo tanto, ya se había experimentado esta faceta de la democracia representativa, que permitió tener a los primeros alcaldes elegidos en el Perú. De esta manera, San Martín renunció a su investidura ante el Congreso, y se eligió al primer presidente del referido Congreso, el diputado por Arequipa Francisco Javier de Luna Pizarro; como vicepresidente, a Manuel Salazar y Baquíjano; y, como secretarios, a José Faustino Sánchez Carrión y Francisco Javier Mariátegui y Tellería. Uno de los primeros acuerdos del Congreso fue el reconocimiento a los guerrilleros indígenas y a los naturales de la selva por sus servicios en pro de la independencia, y otro acuerdo fue otorgar amnistía a los españoles. El 22 de noviembre, el Congreso desautorizó a la Comisión de Juan García del Río y de Diego Paroissien, enviados a Europa para buscar a un rey para el Perú, según la propuesta monárquica de San Martín. Asimismo, una de sus tareas centrales fue la organización del territorio nacional como se mantiene hasta hoy, en departa- mentos, provincias y distritos. Para el historiador Miguel Maticorena, la independencia del Perú no fue solamente un proyecto criollo, se encontraron entre sus protagonistas a personas del estamento medio y bajo; así, no solo hubo hacendados, sino también mili- tares, sacerdotes, carpinteros, zapateros, empleados del Estado español, y de otras ocupaciones. La independencia fue tomada como una necesidad; si bien la mayoría era criolla en los grupos de poder, no se postergó, finalmente, a los indígenas, como se puede apreciar en la elección de regidores de ese estamento en las parroquias de San Sebastián o en las correspondientes parroquias de indios en todo el Virrei- nato, al ser parte de los cabildos constitucionales desde el 1 de enero de 1813. Asimismo, la lista de patriotas que aparece en el tercer volumen del tomo 4 de la Historia general del ejército peruano, a cargo de Alejandro Serayián Leiva, es muy numerosa, y con toda seguridad, esto generará más placas de reconocimiento en los lugares de veneración patriótica, lo que ha venido incentivando y haciendo el general Herrmann Hamann Carrillo, actual presidente del Centro de Estudios Histó- rico Militares del Perú. Es así que se propiciarán homenajes en todos los lugares del Perú, a los hombres y las mujeres que contribuyeron a la libertad de su patria. Finalmente, no podemos dejar de agradecer, en este libro, la valiosa cola- boración del equipo de trabajo del Fondo Editorial del Jurado Nacional de Elec- ciones, conformado por Helbert López Calderón, María José Baquerizo Barrios, Patricia Benoit Santisteban y María Lisette Sanabria Salazar: a esta última, por haber tenido la paciente labor de corregir el contenido de esta publicación; asimismo, otorgamos una gratitud especial al presidente del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú, el Gral. Herrmann Hamann Carrillo, por las facili- dades para la investigación, así como a los administradores del Museo Cemen- terio Presbítero Matías Maestro. Miguel Arturo Seminario Ojeda 50 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES • LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO PARTE I: EL PRESBÍTERO MAESTRO 52 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 53 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES Los peruanos de la independencia en el Presbítero Maestro El Cementerio General de Lima, hoy Presbítero Maestro, es actual- mente considerado como un museo, y está ubicado en el tradicional Barrios Altos. Además, cuenta con casi 20 hectáreas llenas de criptas, nichos, tumbas y mausoleos, que pueden ser considerados como verdaderos «docu- mentos» que han ido registrando la historia de la ciudad capital del Perú, durante los siglos XIX y XX. El ingreso a este museo hace que el visitante realice un viaje imaginario por el pasado peruano, desde un sitio reservado para los muertos, recorriendo sus calles y avenidas, y acercándose a la verdad de sus registros en lápidas que, como textos singulares, proyectan la historia a través de sus nombres y leyendas. Recorrer sus calles equivale a encontrarse cerca de la memoria de Miguel Grau, Augusto B. Leguía, José Carlos Mariátegui, Daniel Alcides Carrión, José Santos Chocano, José de la Riva Agüero, y otros tantos peruanos y extranjeros que reposan ahí. Los cementerios son repositorios de la memoria de una ciudad, porque no solo se encuentran, en esos espa- cios, los familiares de los vivos, sino que también están personajes grabados en la memoria colectiva, asociada a los hechos fastos locales, regionales y nacionales, y ese es el caso del Presbí- tero Maestro, camposanto en el que se encuentran sepulcros que datan de los últimos años del Virreinato, y fallecidos que se entierran aún en el siglo XXI. El Presbítero Maestro, con sus lápidas de mármol, esculturas de todo material, árboles y flores de sus contornos, fue un cementerio modelo en sus inicios, y ahora forma parte de la Red Iberoamericana de Valoración y Gestión de Cementerios Patrimoniales, organización preocupada por la valora- ción patrimonial de los cementerios en los países donde tiene asociados. Son más de 220 000 nichos, y más de 600 tumbas y mausoleos los que se encuentran en el Museo Cementerio Presbítero Matías Maestro, llamado así desde 1999, cuando, en acción conjunta con el Instituto Nacional de Cultura, a propuesta del Comité Peruano del Consejo Internacional de Museos, dieron otra mirada al camposanto, lo que permitió una lectura y relectura de lo que representa para la ciudad de Lima. El cementerio fue inaugurado el martes 31 de mayo de 1808, por lo que, en la actualidad, es el más antiguo de los que existen en el Perú, aunque el Mercurio Peruano, de fines de la segunda PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 55 mitad del siglo XVIII, registra un cemen- terio en la villa de Tarma, existente desde 1789, sin que hasta el momento se haya ubicado más evidencias de las que cita esa fuente primaria, que, además, señala que gracias a la medida de haber creado este cementerio empezó a dismi- nuir la incidencia de tercianas, que era endémica en esa zona. El cementerio Presbítero Maestro ha sido objeto de diversas publicaciones: algunas de las últimas son Parca voz: los epitafios del cementerio Presbítero Matías Maestro de Lima, editado el 2015; Presbítero Maestro Museo Cementerio de Lima, publicado por la Sociedad de Bene- ficencia de Lima Metropolitana; y Pres- bítero Maestro Camposanto de Lima, de Luis Repetto Málaga, publicado el 2018. El cementerio lleva el nombre del español Matías Maestro, destacado arquitecto, pintor, músico y retablista, establecido en Lima en 1790, tres años antes de ordenarse como sacerdote. A poco de su arribo a la capital virreinal, el virrey José Fernando de Abascal le encargó la reconstrucción de la ciudad, que aún mostraba las secuelas del terremoto de 1746; y una de las obras civiles que se le encomendaría después sería el diseño y la construcción del Cementerio General de Lima. La obra del cementerio se enfrentó con la mentalidad de la población que prefería ser sepultada en los atrios y en el interior de las iglesias, en criptas o catacumbas que, como las de San Francisco, se conservan hasta hoy. De modo que, frente a estas ataduras, la construcción del cemen- terio demandó más tiempo del que se programó, y los trabajos recién comen- zaron el 23 de abril de 1807; en cuanto a Matías Maestro, él trazó el plano y él mismo dirigió la construcción. En su lucha para persuadir a la población limeña del traslado de sus deudos al Cementerio General, lo apoyaron el médico Hipólito Unanue y el arzobispo Bartolomé de las Heras, al admitir que los entierros al interior y en los contornos de los templos deterio- raban su hermosura, y eran un atentado contra la salud pública. Hipólito Unanue expuso a los habitantes de Lima que las epidemias de esta ciudad se debían en gran parte a las formas, que él consideraba impro- pias, de enterrar a los muertos; y las varias publicaciones que se hicieron del Mercurio Peruano fueron una especie de campaña en la que se instaba a la población a entender que la medida del traslado de los deudos al Cemen- terio General era por la salud pública. Sin embargo, esta campaña no pudo acelerar la decisión de los limeños por un enterramiento fuera de los contornos urbanos, como lo deman- daban esos tiempos. 56 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 57 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES Los enterramientos en las igle- sias de Lima continuaron, y también en el interior del país, pues un recorrido por los cementerios de las principales ciudades del país evidencia el retraso en sepultar a los muertos en ellos; asimismo que los favorecidos con la sepultura en las iglesias eran las familias de mayores recursos económicos. Ni los despojos de Matías Maestro se salvaron de un enterramiento dentro de las iglesias, ya que cuando murió, en 1835, sus restos fueron sepultados en la capilla del Sagrario; pero, en 1857, fueron trasladados a un lugar del cementerio, obra suya, de donde fueron removidos, en 1908, al sitio que reposa actualmente: en la parte central del cementerio, en la cuarta puerta, detrás del baldaquino principal (templete de columnas), donde está el Cristo yacente; era el centenario de la inauguración del camposanto; así, dicho año, en gratitud a su memoria, la Sociedad de Benefi- cencia Pública de Lima Metropolitana le erigió un monumento. Y en 1923 el Cementerio General de Lima pasó a llamarse Presbítero Matías Maestro por disposición de la referida Beneficencia. En la construcción del cemen- terio fue valiosa la decisión del virrey Abascal, al dictarse las primeras normas para la edificación, de considerar en su nombre la palabra general, porque, de esta manera, anunciaba que en el cementerio cabían todos, sin distingos sociales. Así, en medio de una campaña persuasiva a los limeños, tenían que ser las figuras paradigmáticas las que debían dar el ejemplo de ser enterradas en el camposanto. Lo que sucedió con el obispo Juan González de la Reguera, quien dispuso su enterramiento en el nuevo lugar desti- nado a los muertos; sin embargo, inicial- mente, no se cumplieron sus deseos, pues falleció antes de la inauguración, y se le enterró en la cripta de la catedral; en la que estuvo hasta que fue trasla- dado al Cementerio General. La decisión del obispo seguramente llamó la aten- ción de los limeños, a quienes les habría resultado incomprensible esta actitud. Se considera que la tumba más antigua del cementerio es la de sor María de la Cruz, fallecida el año 1810, aunque esto no aceleró el cambio de mentalidad de los limeños que conti- nuaban prefiriendo a las iglesias para las sepulturas. Ante esto, el general José de San Martín decretó, el 25 de octubre de 1821, la prohibición de enterramientos en las iglesias, todo por razones sani- tarias, no obstante, masivamente, el cambio de actitudes se vería en los años 30 del siglo XIX. Pese a la designación de cemen- terio general, las distinciones sociales se mantuvieron en esta mansión de los muertos, sobre todo, a partir de 1847, cuando, durante el gobierno del presi- dente Ramón Castilla, fue autorizada la construcción de mausoleos. Hay espacios en los que mayoritariamente se encuentran entierros de familias encumbradas, junto a protagonistas de alto rango, en las luchas por la emanci- pación nacional, especialmente, en las jornadas de Junín y Ayacucho. Así, en medio de este universo de estatuas y mausoleos, se encuentran generalmente, en cuarteles comunes, muchos de los próceres de la indepen- dencia, hombres y mujeres que ofren- daron su vida por la patria, que estuvieron en el momento oportuno desafiando al peligro, y que en el bicentenario, con toda seguridad, únicamente recibirán un reconocimiento general. Sus restos se encuentran en los siguientes cuarteles: San Lino Carlos Lagomarsino, chotano, comba- tiente en Junín y Ayacucho, militar que llegó al grado de general de brigada, y tuvo destacada actuación en época republicana. Falleció el 20 de marzo de 1857, cuando era prefecto de Lima. Se le distinguió como fundador de la independencia. Juan B. Gallegos, patriota que falleció en Lima el 26 de octubre de 1856. José Bustamante y del Villar, colombiano, nacido en 1796. Ingresó al ejército realista a los 17 años y se incorporó después al Ejército Libertador, en el que peleó 58 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 59 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES al lado de las tropas de Simón Bolívar. Luego de capturado por los españoles, fue incorporado al batallón Numancia que, posteriormente, al acercarse a Lima, pasó a las tropas de San Martín. En esa decisión tuvo que ver Bustamante, quien propició un encuentro entre los sacerdotes Joaquín Paredes y Mariano José de Arce, y los jefes realistas. En 1822, junto con el general Santa Cruz, peleó en la batalla de Pichincha; después participaría en las batallas de Junín y Ayacucho. Falleció el 24 de julio de 1858 y fue enterrado en el Cementerio General de Lima; y, desde el 2 de mayo de 1861, el Congreso del Perú le concedió una pensión a su viuda. Tuvo el grado de general de brigada y se le distinguió como fundador de la independencia. José María Raygada, piurano, bisabuelo del historiador Raúl Porras Barrene- chea, combatiente en Pichincha, Zepita, Junín y Ayacucho, y encargado del mando de la República, de abril de 1857 a junio de 1858. Se le considera liber- tador de Colombia y Perú, y fundador de la República de Bolivia. Falleció el 15 de enero de 1859. Fue hijo de Roque Raygada y Adorna y de María Antonia Gallo. Se encontraba al mando de las tropas acantonadas en Sechura, cuando se protagonizó la independencia de Piura; al parecer, tuvo conocimiento de las cartas que enviaba Torre Tagle, porque por una carta del 5 de enero de 1820, dirigida a sus superiores en Piura, se desprende que el 4 de enero se hizo la proclamación de la indepen- dencia en Sechura. Andrés Reyes, chancaíno que asistió a la proclamación de la independencia de Supe el 5 de abril de 1819, además, estuvo en el ejército del general José de San Martín, y está considerado dentro de los próceres de la independencia. Murió el 24 de julio de 1856. Fue encargado del mando dos veces, alternadamente en 1831, por eso, en su lápida se le consigna como presi- dente de la República. Manuel Saldías, limeño, coronel del Ejército Patriota. Estuvo presente en acciones de guerra por la indepen- dencia de su patria y de América. Murió en Lima, a los 53 años de edad, el 19 de enero de 1858. Ramón Dueñas, limeño, coronel vencedor de la campaña de la indepen- dencia; tras su muerte (ocurrida el 31 de diciembre de 1857, cuando tenía 58 años de edad), su viuda, Francisca Guillén, empezó a cobrar una pensión desde 1862. Dueñas participó en las batallas de Junín y Ayacucho, y en el sitio del Callao. San Pablo Manuel Flores, coronel de ejército que nació en 1804 y falleció en Lima, el 14 de diciembre de 1859. Su lápida reza lo siguiente: «Sirvió a su patria con lealtad y firmeza por el espacio de 36 años». Antonio Florentino Villamar, coronel patriota de la independencia que nació en el Callao el 7 de noviembre de 1805 y falleció en Lima el 18 de diciembre de 1859. Tras su muerte, a partir de enero de 1865, su viuda Jacoba Vigueras percibió el montepío correspondiente. Fue reco- nocido como fundador de la indepen- dencia y benemérito de la patria. Juan C. de Mendiburu, coronel de ejér- cito que nació en Lima, el 27 de enero de 1790 y falleció en el Callao el 6 de enero de 1860. Fue combatiente de la independencia, asistió al segundo sitio del Callao. Fue sepultado en Lima. José Antonio Peralta, coronel que nació en Huancayo, el 13 de junio de 1807 y falleció en Lima el 23 de octubre de 1859. Fue uno de los beneméritos de la patria. San Francisco Caracciolo Julio Montes, coronel de infantería, vencedor en Junín y Ayacucho. Nació el 12 de abril de 1801 y murió en Lima, el 5 de enero de 1855, en la batalla de La Palma, encuentro librado entre las tropas de Ramón Castilla y José Rufino Echenique. Remigio Silva Aranda, coronel que nació en Lima, el 28 de febrero de 1783. Fue hijo de Toribio Silva y, temprana- mente, como su familia, fue ganado por © Walter Medina Gonzales © Walter Medina Gonzales 60 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 61 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES el ideal patriótico, junto a su hermano Mateo y a su hermana Brígida, que actuaron en tiempos de fuerte realismo en la capital virreinal. Inicialmente, estuvo en el ejército realista, pero después le ganó la causa de la patria; finalmente, fue tomado prisionero junto a su hermano y encar- celado. Mateo Silva fue condenado a 10 años de cárcel y Remigio, liberado. Luego tomó contacto con los emisa- rios del general José de San Martín; viajó a Chile, y cuando regresó al Perú, el Protector de la Libertad le confirió el grado de sargento mayor. Murió, en Lima, el 20 de noviembre de 1854. Sus restos fueron sepultados en el Cementerio General, en el cuartel San Francisco Caracciolo, nicho 2, letra A, donde se encuentran en la actualidad. Por su parte, el gobierno lo ha reconocido proclamándolo Patrono del Arma de Inteligencia. Blas Cerdeña, español que nació el 21 de febrero de 1792, y murió en Lima, el 11 de noviembre de 1854. Cabe resaltar que obtuvo oportunamente ciudadanía peruana. Sirvió en el ejército español, en la oficialidad del batallón Numancia que, persuadido por los patriotas, se sumó al Ejército Libertador de José de San Martín, en diciembre de 1820, para luchar a partir de entonces a favor de la independencia del Perú y América. Con su nueva nacionalidad sirvió a la república peruana, actuando incluso en los hechos protagonizados en la Confederación Perú-Boliviana, liderada por Andrés de Santa Cruz, entre 1836 y 1839. Se le reconoció como gran mariscal de Zepita. Francisco Carranza, coronel patriota de la independencia, falleció de 44 años, el 5 de enero de 1855, en la batalla de La Palma. Era partidario del presidente José Rufino Echenique. San José José Leonardo Ortiz Salcedo, patriota desde antes de la llegada de las fuerzas sanmartinianas al Perú. Nació en Chiclayo, el 13 de octubre de 1782; fue hijo del español Francisco Ortiz y de la lambayecana Juana Salcedo. Durante el movimiento independentista apoyó con dinero, víveres y caballos a los patriotas del ejército sanmartiniano. Participó en la batalla de Junín, del 6 de agosto de 1824, con el grado de sargento primero del regimiento de caballería Húsares de Junín, por lo que recibió, en reconocimiento, el título de © Walter Medina Gonzales 62 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 63 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES benemérito de la patria. Fue confinado a Lima, por su oposición al gobierno de José Rufino Echenique. Y falleció en Lima, durante la epidemia de la fiebre amarilla, el 28 de febrero de 1854. Nicolás Vernaza Prieto, colombiano, nacido en Cali, que formó parte del Ejército Libertador del Norte, y peleó en las batallas de Pichincha, Junín y Ayacucho. En Ecuador obtuvo el grado de general. Falleció en la ciudad de Lima, el 28 de febrero de 1854, y se encuentra sepultado en el cementerio Presbítero Maestro; cabe mencionar que, en su lápida, se destacan las jornadas en las que participó. Justo Figuerola, lambayecano que nació en San Pedro, el 18 de junio de 1771, y falleció en la ciudad de Lima, el 23 de mayo de 1854. Vivía en Lima cuando se protagonizaron los hechos de la salida de los realistas y el ingreso del ejército patriota, y fue uno de los primeros que firmaron el Acta de la Independencia del Perú, el 15 de julio de 1821. Asimismo, el 17 de enero de 1822, durante la recepción que le dio la Universidad de San Marcos a don José de San Martín, tuvo a cargo el discurso pronunciado en esa ocasión. Destacó en el campo de la política ocupando la presidencia del Perú con carácter provisorio en dos ocasiones. Fue también presidente del primer Congreso Constituyente del Perú en 1823, y posteriormente lo sería de la Corte Suprema de Justicia. Se desempeñó como ministro de Gobierno y Relaciones Exteriores, y ejerció el cargo de diputado. Pablo Zapata, coronel vencedor de las batallas de la independencia, recono- cido como benemérito de la patria, en grado heroico y eminente. Sobrevivió hasta la guerra con Chile; falleció en Lima, el 30 de abril de 1881. Manuel de Rivero, coronel arequi- peño, benemérito de la patria en grado heroico y eminente. Falleció el 8 de diciembre de 1855. Adán Y Eva José Félix Iguaín, ayacuchano, nacido en Huanta, el 21 de noviembre de 1800; su actividad en el escenario militar se dejó sentir cuando promovió una rebelión contra Simón Bolívar en Huanta, lo que lo llevó a una cárcel de Lima. Participó luego en los movimientos caudillistas de su época, contra Gamarra, Santa Cruz, Vivanco y Castilla. También fue diputado por Huanta. Y murió en Lima, el 26 de septiembre de 1851. José María Quiroga, patriota peruano que nació en Lima, en 1807 y falleció el 14 de agosto de 1851. El 11 de diciembre de 1820 entró como cadete en el bata- llón Numancia, y llegó a tener el grado de coronel en 1834. Estuvo en el ejér- cito sanmartiniano cuando ocurrió la entrada de los patriotas a Lima, partici- pando en el primer sitio a las fortalezas del Callao; se encontró también en la primera campaña de Puertos Interme- dios, en 1822, y en la de 1823. Por caer prisionero no participó en las batallas de Junín y Ayacucho. Pero su protago- nismo está asociado a otras campañas posteriores a la independencia. © Walter Medina Gonzales © Walter Medina Gonzales © Walter Medina Gonzales 64 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 65 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES Pedro Bermúdez, tarmeño que nació el 27 de junio de 1793, y murió en Lima, el 30 de marzo de 1852. Fue un militar y político peruano. Luchó a favor de la independencia del Perú y en la guerra contra la Gran Colombia, y llegó a ser ministro de Guerra en el primer gobierno de Agustín Gamarra. Fue patriota desde antes de la llegada del general don José de San Martín al Perú; se sumó al Ejército Libertador en Pisco tras su desem- barco, y obtuvo el grado de teniente. Participó en la primera campaña del general Antonio Álvarez de Arenales sobre la sierra, en la que luchó en la batalla de Cerro de Pasco, del 6 de diciembre de 1820. Además, con José Félix Aldao, organizó las guerrillas contra los realistas. Participó en la segunda campaña de Arenales a la sierra y, después de la ocupación de Lima por los patriotas y la proclamación de la independencia, se encontró presente en el primer sitio del Callao. Asimismo, estuvo en la Segunda Campaña de Intermedios a órdenes del general Andrés de Santa Cruz, comba- tiendo en la batalla de Zepita, del 25 de agosto de 1823, y se halló presente también en las batallas de Junín y Ayacucho, y en otras campañas de consolidación de la independencia. San José y San Antonio José Félix Jaramillo, considerado dentro de la lista de patriotas que tuvieron parte activa en el momento histórico de la independencia de Trujillo, al parecer, ciudad de su nacimiento. Pues su nombre aparece en la relación nominal de los patriotas de la inde- pendencia nacional publicada tempra- namente en 1862 por el capitán José Hipólito Herrera, obra que presenta la relación de todos los patriotas que actuaron en la costa, sierra y selva, a favor de la independencia del Perú, recogidos por este autor. Santa Ana José de Alvariño, patriota, que nació en Tarma en 1796. Incorporado al ejército del general San Martín, en Huaura, con el que ingresó a Lima tras la desocupación de la ciudad por los realistas. Participó en las batallas de Junín y Ayacucho. Y falleció en Lima, el 24 de enero de 1866. Manuel Carrasco, patriota limeño, reconocido como fundador de la inde- pendencia americana. Falleció en Lima a los 60 años de edad, el 23 de febrero de 1867. José María Prieto, patriota nacido en Ecuador, distinguido como fundador de la independencia. Estuvo presente en los dos sitios levantados por los patriotas a los realistas en el Callao, y en las batallas de Junín y Ayacucho; por lo que recibió las medallas respec- tivas. Falleció a los 77 años, el 24 de marzo de 1867. José Lombardi, patriota limeño, que fue teniente coronel. Se le reconoció como fundador de la independencia. Falleció a los 60 años, el 16 de agosto de 1867. Ignacio Mariátegui y Tellería, patriota que nació en Lima, el 1 de agosto de 1797, y falleció en el Callao, el 4 de abril de 1868. Se le considera prócer de la independencia del Perú. Fue hijo de Ignacio de Mariátegui y de María Jacoba Tellería y Vicuña. Sirvió en la marina realista, pasó al Ejército Libertador, y en la fragata Lautaro quedó bajo las órdenes de Thomas Cochrane durante el tercer bloqueo del Callao. Después estuvo en las acciones marítimas de la Primera Campaña de Intermedios. Juan Pardo de Zela y Vidal, patriota que nació en España en 1788, y falleció el 7 de agosto de 1868, a los 80 años de edad. Establecido en Buenos Aires, participó con los patriotas en las campañas en el Alto Perú. Al ser prisionero de los 66 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 67 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES realistas, fue llevado a Lima. Y, en 1820, se unió a la Expedición Libertadora de José de San Martín.​ San Eloy Fernando López Aldana, benemérito nacido en Bogotá, el 30 de mayo de 1784. Fue hijo de Sebastián López y de María Begoña Aldana. Su espíritu patriótico se manifestó desde 1810, mostrando simpatía por los insurrectos de Quito, Bogotá y Caracas, con quienes se escribía a menudo. Fue tomado prisio- nero por las autoridades virreinales de Lima, y liberado debido a la intercesión de José Baquíjano y Carrillo. Cuando el general San Martín ocupó Lima, fue nombrado vocal de la Cámara de Justicia. Así, se encontró en la conferencia de Punchauca, aunque no se llegó a ningún acuerdo con los realistas. Fue considerado benemérito, por lo que recibió el diploma corres- pondiente, la Orden del Sol y la Medalla del Ejército Libertador. Y falleció en la capital peruana, el 2 de junio de 1841. San Florentino Toribio Barrantes, limeño, músico del batallón Cazadores de Punyan y sargento primero. Estuvo en el primer sitio del Callao, en la campaña de Ica, en la del Alto Perú y en las campañas de Junín y Ayacucho. Además, se encontró presente en las batallas de la Macacona, Zepita, Junín, Ayacucho y Portete de Tarqui en 1829. Continuó en el ejército y como músico se mantuvo en actividad, de esta forma, se desempeñó en las batallas de Yanacocha e Ingavi. Falleció el 18 de octubre de 1875. San Luis y San Fernando Clemente Ramos, limeño, coronel patriota, benemérito de la patria. Falleció en Lima a los 48 años de edad, el 16 de mayo de 1853. Juan Francisco Pallardelli, francés que nació en Marsella, el 10 de octubre de 1782, y falleció en Lima, el 4 de agosto de 1858. Reconocido como benemérito de la patria y alcanzó el grado de coronel. Manuel Porras, limeño que nació en 1800, y falleció en Lima, el 12 de enero de 1853. Benemérito de la patria; asistió a las batallas de Pichincha, Junín y Ayacucho; y estuvo en otros encuen- tros bélicos en la época republicana. Además, alcanzó el grado de coronel. José María Acuña, limeño, benemé- rito de la patria, que falleció el 26 de enero de 1853. Por su participación en las batallas de Junín y Ayacucho, se le reconoció como fundador de la inde- pendencia americana. Martín Rivarola, coronel puneño. Su participación más decisiva la tuvo en los años posteriores a la independencia. Falleció en el Callao, el 2 de febrero de 1854, y se le sepultó en Lima. Juan N. Vargas, coronel, fundador de la independencia americana. Nació el 16 de mayo de 1803, y murió el 31 de mayo de 1888. José Antonio Alvarado, coronel que nació el 17 de junio de 1807, y murió el 10 de junio de 1881. Participó en las batallas de Zepita, Junín y Ayacucho, y asistió al segundo sitio del Callao, por lo que obtuvo las medallas correspon- dientes y un busto con la imagen de Simón Bolívar. San Francisco Solano y Santo Toribio Manuel L. de Vidaurre y Encalada, consi- derado uno de los precursores refor- mistas de la independencia del Perú, como algunos señalan a José Baquíjano y Carrillo, o sea que sin derramamiento de sangre pudo llegar a emanciparse, a partir de las reformas programadas por la Corona de Castilla. Nació en Lima, el 19 de mayo de 1773 y falleció en Lima, el 9 de marzo de 1841. Con respecto a su emancipación desde las mencionadas reformas, escribió dos libros: Cartas americanas y Plan del Perú que, pese a haber sido redactados en 1810, recién se conocieron pasada la independencia, en 1823; cuando ya Vidaurre había hecho suya la idea de la separación total de la metrópoli española. En la república contribuyó con la organización del naciente Estado, y tuvo amistad con Bolívar, de quien posteriormente fue opositor. Fue el primer presidente de la Corte Suprema de Justicia del Perú en 1825, y también fue presidente del Congreso Constitu- yente en 1827. Para él, el progreso del Perú se lograría a través de legislaciones apropiadas; asimismo, la felicidad social se conseguiría a través de la ley. © Walter Medina Gonzales © Walter Medina Gonzales 68 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 69 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES San Martín Buenaventura Palma, limeño que alcanzó el grado de coronel. Se le reco- noció como benemérito de la patria y fundador de la independencia. Falleció en Lima, el 27 de julio de 1861. San Job Juan José Loyola, prócer de la indepen- dencia, que alcanzó el grado de general. Participó en la gesta de la indepen- dencia y fue distinguido con las meda- llas de Junín y Ayacucho. Falleció el 3 de diciembre de 1838. Pedro Antonio Borgoño, general patriota destacado en la campaña por la independencia del Perú y América. Falleció en Lima, el 5 de octubre de 1863. José Delfín, coronel piurano, y probado patriota. Falleció en Lima a los 70 años, el 1 de agosto de 1865. José N. Tejada, coronel cusqueño. Parti- cipó en la campaña de la independencia. Falleció en Lima, el 10 de noviembre de 1863, a los 67 años de edad. Manuel Luza, sargento mayor, limeño. Por su participación en la causa de la libertad, fue reconocido como fundador de la independencia americana. Falleció en Lima, el 3 de agosto de 1865. Otros patriotas sepultados en el Presbí- tero Maestro son: de los protagonistas de la guerra de la independencia y de la guerra contra la Gran Colombia entre 1828 y 1829. Juan Crisóstomo Mendoza, coronel reco- nocido como vencedor de la indepen- dencia. Concurrió a la batalla de Yungay (Áncash), del 20 de enero de 1839 y, al año siguiente, se encontró en el batallón Gamarra del Séptimo de Línea. Cuando por diversas comisiones de servicios hemos ido al interior del país, no hemos dejado de visitar los cementerios, y en los pabellones más antiguos hemos identificado nichos con nombres y leyendas sobre bene- méritos a la patria, fallecidos a partir de la década del 40 del siglo XIX, época en la que empiezan a construirse cemen- terios en el interior del país. En los recorridos hemos estado en los cementerios de Tumbes, Piura, Caja- marca, Trujillo, Cusco, Arequipa, Puno, Pucallpa, Iquitos, Puerto Maldonado, Abancay, Andahuaylas, Nasca, Chacha- poyas y otros; y lo que hemos observado en varios de ellos es que se encuentran hombres que lucharon en la gesta de la independencia o que fueron reconocidos como verdaderos patriotas, por su cola- boración con esa causa. Quizás entre los que faltan ser reconocidos por su participación en el proceso de la independencia está el presidente Antonio Pezet, el gober- nante de la guerra con España, que José Leysequilla, sargento mayor del ejército y vencedor de la indepen- dencia. Nació en 1804 y murió el 6 de abril de 1854. José Flores, chileno, reconocido como fundador de la independencia del Perú. Murió en Lima, el 15 de agosto de 1851. José Antonio Alvarado, coronel del ejér- cito que nació el 17 de junio de 1807 y falleció el 10 de junio de 1881. Participó en la campaña de la independencia. Manuel Gonzales Mugaburu, coronel del ejército, se le consideró benemé- rito y fundador de la independencia del Perú. Murió en Lima, el 26 de octubre de 1875. Felipe Nestares, teniente coronel del ejército que nació en 1790 y falleció en Lima el 23 de noviembre de 1860. Fue fundador de la independencia del Perú. José Allende, general del ejército, limeño, reconocido como fundador de la independencia nacional. Falleció en Lima, el 29 de junio de 1873. José Gabriel Grados, coronel de caba- llería del ejército y fundador de la inde- pendencia. Falleció en Lima, el 19 de julio de 1871. Juan Bautista Eléspuru, gran mariscal del Perú; nació en Tacna, en 1787 y falleció en Caraz, en 1839; posterior- mente, sus restos fueron trasladados al Cementerio General de Lima. Fue uno 70 PARTE I: LOS PERUANOS DE LA INDEPENDENCIA EN EL PRESBÍTERO MAESTRO 71 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES el mausoleo de Miguel de San Román, peruano de la época de la indepen- dencia nacido en Puno, el 17 de mayo de 1802, y muerto en Chorrillos, el 3 de abril de 1863. Fue patriota tempra- namente y se enroló en el ejército que lucharía por la libertad de su patria. Estuvo bajo las órdenes del liber- tador José de San Martín, primero, y de Simón Bolívar, después. En 1824 participó en las batallas de Junín y Ayacucho y, tras la capitulación, tuvo protagonismo en varias de las acciones militares del primer militarismo en el Perú, así como en la guerra contra la Gran Colombia. Obtuvo el grado de gran mariscal, y en el primer gobierno constitucional de Ramón Castilla fue presidente del Consejo de Estado (1845-1849). En 1851, su figura estuvo en el escenario elec- toral, ya que postuló a la presidencia de la República, sin alcanzar su propósito, quizás por eso, en 1854, colaboró en la campaña contra el gobierno de José Rufino Echenique. Posteriormente, se desempeñó en cargos políticos, como ministro de Guerra, y diputado por Puno, y siguió participando en las contiendas que enfrentaban a los caudillos entre sí. Por fin, en 1862, fue elegido presidente cons- titucional de la república para gobernar entre 1862 y 1866, sin embargo, falleció a los 5 meses de asumir el mando. murió unos días antes de la declara- ción de guerra de Chile al Perú. Era un limeño, nacido el 11 de junio de 1809. Fue hijo del médico patriota José Pezet y Monel y de María del Rosario Rodrí- guez de la Piedra. Cuando era estu- diante en el Real Convictorio de San Carlos, fue ganado por la causa liber- taria; se presentó ante el ejército del general San Martín en Huaura, cuando tenía 12 años; y participó en el sitio de Lima y en la entrada del Ejército Liber- tador a la capital virreinal. Se registra su actuación a favor de la patria en las batallas de Torata y Moquegua en la Primera Campaña de Intermedios, la batalla de Zepita, la Segunda Campaña de Intermedios, las batallas de Junín y Ayacucho, y la campaña del Alto Perú, es decir, tiene una trayectoria en estos episodios de la independencia del Perú y de América. Y, por otro lado, tenemos al curaca Juan Cahuapasa, cuyo ejército tuvo activa y decisiva participación en los meses iniciales de la revolución tupacamarista; por esta intervención valerosa y leal a la causa patriota, el 13 de diciembre de 1780, José Gabriel Túpac Amaru II, líder de la revolución, lo nombró Justicia Mayor de Azángaro. En el Presbítero Maestro también se aprecia al centro del cuartel San Job, 72 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES • LOS RESTOS MORTALES • LOS BUSTOS REPRESENTATIVOS • LAS PLACAS DE RECONOCIMIENTO PARTE II: EL PANTEÓN NACIONAL DE LOS PRÓCERES 74 PARTE II: LOS RESTOS MORTALES 75 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES Cuando los hebreos regresaron a la tierra prometida, llevaron consigo los restos de José, varón justo y sabio, admirado por egipcios y judíos, y los sepultaron en la tierra de sus mayores: episodios parecidos se han inscrito en la historia de muchas colectividades, por lo que permanecen, y son dignos de mencionar, mausoleos y tumbas levantados en reconocimiento a hombres y mujeres que destacaron entre los demás. Conservar los restos para vene- rarlos no solo es un deseo con respecto a los santos; sino que los héroes son también objeto de una veneración patriótica, por eso, en todo el mundo se han levantado santuarios patrió- ticos donde reposan las cenizas de sus próceres, precursores y defensores de su soberanía. Preservar los restos mortales en cada sociedad es, probablemente, el resultado de la admiración y la gratitud que sintieron los hombres del pasado; en muchos casos, esos restos fueron momificados, como para no permitir que el tiempo destruya la materia de aquellos que se considera que debieron quedarse para siempre, por ser modelos y faros que, dando luz a nuevos caminos, debieron haber permanecido más allá del monumento de palabras que exaltara sus virtudes. En el Perú existen, principal- mente, dos lugares con los restos de hombres y mujeres asociados a las gestas heroicas por la patria: el Panteón Nacional de los Próceres de la Independencia y la Cripta de los Héroes de la Guerra del Pacífico (ubicada en el Cementerio Presbítero Maestro), edificaciones en las que las cenizas de los beneméritos de la patria están juntos, como dignos merecedores de la gratitud nacional. Es más, podemos decir que los restos de peruanos y peruanas asociados a la independencia son muchos, y de los que trataremos a continuación en esta parte del libro (los del Panteón Nacional de los Próceres) resumen la admiración que también sienten los peruanos por los que aún se encuentran en el antiguo Cementerio General de Lima y en muchos campo- santos del Perú. Es así que presentamos la biografía de 26 personajes de la historia nacional: 23 trasladados hasta el santuario patriótico el Panteón Nacional de los Próceres; y 3 presentes en ceno- tafios representativos: José Faustino Sánchez Carrión, Toribio Rodríguez de Mendoza e Hipólito Bouchard. Estos personajes los mostraremos según la zona donde se encuentran: zona José Andrés Rázuri, zona central y zona Mariano Necochea. LOS RESTOS MORTALES Zona José Andrés Rázuri Zona central Zona Mariano Necochea Plano del sótano del Panteón Nacional de los Próceres Nivel superior Nivel inferior José María Lastres Juana de Dios Manrique de Luna José Bernardo Alcedo José de la Torre Ugarte Ramón Castilla Mariano Necochea Guillermo Miller José María Corbacho y Abril Pascual Saco Oliveros José Andrés Rázuri Hipólito Unanue Francisco Javier Mariátegui Francisco Vidal y Laos Domingo Nieto Martín Jorge Guise Wright Juan Espinoza de los Monteros Juan Manuel Iturregui Juan Basilio Cortegana Hipólito Bouchard Toribio Rodríguez de Mendoza José Faustino Sánchez Carrión Manuel de Mendiburu Felipe Santiago Estenós Corrales Baltazar Caravedo Loyola José Ildefonso Coloma José Antonio Gayangos Aragón 76 PARTE II: LOS RESTOS MORTALES 77 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES La presencia de la mujer en la causa de la independencia tiene una serie de manifestaciones en el Perú, y una de las que ya fue reconocida por ley es Juana de Dios Manrique de Luna, quien no dudó en exponer su propia seguridad, para responder al llamado de la patria. En reconocimiento a su actitud frente a una causa que comprometía a todos los peruanos, sus restos descansan en el Panteón Nacional de los Próceres, y su óleo es parte de la pina- coteca del Centro de Estudios Histórico Militares del Perú. Juana de Dios Manrique de Luna era una dama limeña que estuvo conec- tada tanto con lord Thomas Cochrane, durante la presencia de don José de San Martín en el Perú, como con el general Antonio José de Sucre, después de que el Protector de la Libertad del Perú dejó el suelo peruano. Su cercanía con José Olaya Balandra, el Pescador Chorrillano, permitió que le llegara correspondencia patriótica, y que ella enviara comunicados a los amantes de la libertad del Perú. Así Juana de Dios Manrique recibía dicha correspondencia, que llegaba desde el Callao, a través de José Olaya Balandra, y arriesgando su integridad la repartía entre los patriotas que se encontraban Aquí se encuentran Juana de Dios Manrique de Luna, José Bernardo Alcedo y José de la Torre Ugarte. Juana de Dios Manrique de Luna en Lima. Estaba casada con José Caye- tano Luna, también de espíritu patriota, y ambos no dudaron en convertir a sus casas, ubicadas en Huacho y en Lima, en cenáculos de amor por la patria. Cuando José Olaya fue captu- rado por los realistas, en 1823, pese a la tortura a la que fue sometido, aceptó la muerte sin revelar el nombre de Juana de Dios Manrique de Luna, ni dejar eviden- cias de cómo la ilustre patriota tenía correspondencia con el general Antonio José de Sucre, en la que le informaba sobre el movimiento de los patriotas. Olaya tampoco delató a Antonia Zumaeta de Riquero, prima de Juana de Dios Manrique de Luna, porque ambas le proporcionaron la información, con la que fue posible la captura de la fragata realista «Esmeralda». Pese a todo el cuidado que se tuvo por parte de las dos mujeres, sus actividades a favor de la patria fueron descubiertas y el general español Manuel Llanos ordenó su arresto el 29 de junio de 1823. Juana de Dios Manrique de Luna adujo que estaba enferma e imposibilitada de salir de su domicilio, por lo que compareció en su Juana de Dios Manrique se encuentra en el féretro superior. ZONA JOSÉ ANDRÉS RÁZURI lugar Antonia Zumaeta, sosteniendo que la acusada era inocente; ese mismo día, José Olaya fue fusilado. Dignos son de mencionarse los nombres de las patriotas Teresa Garay, Carmen de la Riva de López Aliaga, María de Isla, Tomasa Visi- tación Requena, Juana Sánchez de Zumaeta, y Águeda de Tagle, quienes estaban al lado de Juana de Dios Manrique de Luna, arriesgando su seguridad, y no dudaron en ponerse al servicio de la patria. A pesar de que Lima estaba ocupada por las fuerzas militares del general español José de Canterac, mientras el presidente de la Repú- blica, José de la Riva Agüero, se había trasladado, con las fuerzas patriotas a la Fortaleza del Real Felipe, en el Callao; el espíritu patriótico de la señora Juana de Dios no se detuvo. Ella falleció en Lima, en junio de 1877, y fue sepultada en el Cemen- terio General de Lima, hoy Presbí- tero Matías Maestro, hasta que se presentó un proyecto de ley que la declaraba merecedora de la gratitud nacional, por su decidido accionar en días tan cruciales, como los de la ocupación de Lima por el ejército realista. Se reconoció su trabajo de enlace de las comunicaciones entre los patriotas y su apoyo económico. Asimismo, el presidente Fernando Belaunde Terry promulgó la Ley N.° 23599 el 25 de mayo de 1983, que aprobó el traslado de sus restos al Panteón Nacional de los Próceres. 78 PARTE II: LOS RESTOS MORTALES 79 JURADO NACIONAL DE ELECCIONES Fue músico y compositor, autor de la música del Himno Nacional; y, al parecer, su espíritu patriótico maduró tempranamente, ya que perte- neció a esa generación de peruanos que nacieron cuando el ideal de patria se fortalecía con las publicaciones en el Mercurio Peruano, y con la difusión de las ideas de los precursores de la independencia. Nació en Lima el 20 de agosto de 1788, y falleció en la misma ciudad el 28 de diciembre de 1878. Se casó con la chilena Juana Rojas Cea. Su progenitor fue el médico José Isidro Alcedo; y su madre, Rosa Retuerto. Se inició tempranamente en la música, pues realizó estudios de esta en el Convento de San Agustín, y sus frutos empezaron a eviden- ciarse cuando contaba con 18 años, al componer la Misa en Re Mayor. Su vocación eclesiástica lo llevó a vestir el hábito de hermano dominico, y también tuvo a cargo la enseñanza a los niños coristas del convento de los dominicos. Ocupada la capital virreinal por las fuerzas del general San Martín, en julio de 1821, y habiendo ya creado, e